jueves, 12 de agosto de 2010

Un sueño no realizado

Hoy me levanté cansada por culpa de Onetti. Anoche leí otra vez Un sueño realizado analizando cada párrafo y el resultado fue un sueño larguísimo que me tuvo de arriba para abajo y terminé llorando a lágrima viva (en el sueño, por suerte).

Entro a una tienda y las empleadas me convencen que compre una pollera plisada color celeste que me llega hasta las rodillas, acompañada de una especie de chalequito. Quienes me conocen pueden imaginarse cómo me quedaba: mis caderas aumentaron al doble y de la edad ni hablo. Yo no estoy convencida pero ellas insisten tanto que estoy a punto de comprarla, aunque decido salir a a la vereda a consultar. Allí, en una mesa de café, estaba mi madre y tres amigas que no identifico. Todas aplauden y dicen que aquello es elegantísimo.

Pasando por un tubo de un ambiente a otro, me encuentro en la casa de mi amiga L. Allí hay mucha gente, me presentan a un matrimonio que nunca había visto y todos socializamos hablando de cosas que no recuerdo. Cuando llega el momento de irse, yo no puedo porque estoy descalza. Aquí comienza el drama: mis adoradas botas grises habían desaparecido, también mi preciosa cartera roja.

Realizo una búsqueda habitación por habitación en una casa que ahora es enorme y sin fin, me arrastro debajo de las camas, de las bibliotecas, de todos los muebles, en la cocina, en el baño. Miro acusadora a la pareja, que al rato se va.

Y allí quedé, descalza, desconsolada y sin un peso, añorando mi cartera y las botas (¿dónde iba a conseguir otras así?). Lloré tanto, tanto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario